Tal es el chico que me hizo retroceder en mi camino. Obedecí á su indicacion, y en el wagon me dijo:

—Voy á Harlem: miéntras hago mi visita, vd. verá el puente, y entretanto charlaremos.

Atravesamos calles y más calles al Norte de la ciudad, hasta que despues de mucho andar paró el carro, que llevaba traza de estar en movimiento por toda la eternidad.

Amplísimo es el rio Harlem, límite Norte de la célebre isla de Manhattam.

A la opuesta orilla hormiguean entre los árboles las casas y las fábricas. A mi derecha atravesaba, materialmente casi sobre las aguas, un ferrocarril; á mi izquierda se tendia el rio cruzado de botes y de vapores en movimiento.

A mis piés, en una hundicion de terreno, bajo un amplio tejado, está un salon contiguo á un elegante restaurant, donde por la parte que da al rio se sirven limonadas y helados.

Sobre el rio está el embarcadero y el punto de alquiler de los botes; á poca distancia el muelle para los vapores que atraviesan aquellas aguas.

El puente, aunque de maciza construccion, no corresponde en belleza á sus costos, pero es digno de las miradas del viajero. Tiéndese de uno al otro lado del rio en una extension de más de doscientas varas, formando una calzada de madera con rejas de fierro. La calzada tendrá veinte varas. En su centro forman calle tres arcos de cada lado colocados de modo que entre los arcos y el barandal, quede amplio tránsito para la gente de á pié, miéntras van por el centro los carruajes. De los tres arcos de cada lado, dos tienden sus curvas á la altura de tres varas y el central de seis.

Por la parte exterior del puente que ve á las aguas, descansa su macizo maderámen en gruesas columnas de fierro que encajan en el rio. En el centro son cuatro las robustísimas columnas, y las coronan rieles circulares con ruedas, adheridas al reverso de esa parte del puente.

Sobre los arcos centrales de este monumento se levanta una casita de madera que domina el rio, y donde se hace el servicio del puente.