Las religiones todas compiten con ahinco en hacer prosélitos en el terreno del amor y del bien; la ciencia y la caridad en emulacion perpétua, inquieren todos los dolores para aliviarlos, todas las penas para prodigarles consuelo. Los ancianos, los ciegos, los dementes, el huérfano, la mujer abandonada, todos, ántes de hundirse, encuentran una mano que los salve.

En las inmediaciones de los templos; en los lugares más risueños por su posicion; en islas como Blackwell's, en medio de los campos, se levantan verdaderos palacios en que el amor brinda refugio á todas las miserias humanas.

Ya vd. ha visto el Instituto de ciegos; el de sordo-mudos es igualmente hermoso; en el Asilo de huérfanos se da educacion, hasta los 14 años, á 900 hospicianos. En el edificio de niños vagabundos se alimentan más de 700, año por año.

El término medio de emigrantes socorridos en su hospital peculiar, es de 450 personas. En la casa de industria, seiscientos niños han hallado amparo y trabajo.

Y todo esto sin ostentacion, brillando en todas partes el órden y la moralidad más pura, sin que nadie haga objeto de su explotacion, ni relacione con su posicion oficial, esta dedicacion santa al amor de los que sufren.

Alta, muy alta idea se cobra de los Estados-Unidos, con especialidad en un hospital y en una escuela. La libertad hace allí el apoteósis sublime del bien: la religion misma, como que se desprende de la influencia del interes sacerdotal, para entrar en la sacrosanta comunion de amor en que Dios se complace.

Los Informes de beneficencia y de educacion, puede presentarlos este pueblo como sus verdaderos títulos para ocupar rango eminente entre los pueblos más civilizados del globo; y esto lo escribo cuando rebosa hiel mi corazon, por lo injusto y lo depravado de la política de los politicastros, y de algunos gobiernos americanos respecto de mi patria.

La señorita Jhonson respondia á mis preguntas, completadas con señas; me explicaba, me tenia encantado con su finura, me estaba muriendo por aquella viejecita tan pura y tan linda.

Por supuesto que al despedirme, le solté una arenga que me tiene hasta ahora dulces los labios.