—Papá, cuéntele vd. bien á Fidel; porque ha de saber vd. que hay muchísima concurrencia y cantos de dulcísima armonía. Cuando yo asistí á esa ceremonia, el sacerdote y una lindísima jóven de diez y seis años, estaban en el tablado.
—Iba la jóven vestida de blanco, como una nube, repuso Doña Ambrosia.
—Sus largos cabellos caian sobre los encajes y la trasparente muselina, añadió Juanito.
—Cuando nadie lo esperaba, cogió el padre de la nuca á la muchacha, y ¡zas! de sopeton la sumió en el estanque, dándole un sustazo de muerte: al padre no le sucedió nada, porque iba forrado de hule, dijo D. Pedro.
—Pues la muchacha estuvo de fortuna: yo he visto esa ceremonia en Washington: la tabla en que está de pié la catecúmena y descansa en el estanque, se zafa repentinamente, ella se sumerge, y aquello sí es cajeta: la rociada que llevan los concurrentes es para resfriarlos.
—Pues yo he visto más, exclamó Juanito: yo he visto en medio del invierno conducir en carretadas los negros, á bautizarlos en el Potomac, donde rompian el hielo con las cabezas: aquello sí era de encoger al más pintado. En cambio, los bautizos de los católicos se hacen como en todas partes.
—¿Y los matrimonios? pregunté yo esperanzado en saber algo de costumbres.
—De los matrimonios puede decirse, me respondió D. Pedro, como del bautizo: la ceremonia es con arreglo á los ritos religiosos.
—Hablemos de protestantes, dijo Adela, deseosa de complacerme y con la viveza que le es genial. Se anuncia el matrimonio, poniéndose á la entrada de la casa una cortina é instalándose en la propia casa dos policías.
En la puerta de la iglesia se pone tambien cortina.