Desgraciadamente, la persona con quien hablé en la penitenciaría de Blakwell's, es de las muy pocas que he encontrado en los establecimientos públicos, ásperas y poco atentas con las órdenes y recomendaciones que yo llevaba; así es que ví mal el edificio y no puedo entrar en pormenores como quisiera. Diré, no obstante, lo que ví.

Figurémonos una inmensa galera de robustas paredes, con sus hileras de ventanas y su techo altísimo.

Dentro de la galera está construido el edificio, que es un cuadrilátero de piedra, de celdas en ala, con sus escaleras y su corredor de hierro en la parte exterior.

Ese cuadrilátero queda como una gran caja dentro de la galera, sirviéndole en la parte exterior de salones y de tránsitos á la vez.

El interior de las celdillas tiene el ancho de poco más de vara; yo me puse en las sienes las palmas de las manos, y tocaba con los codos los muros. El largo será de dos varas. En uno de los rincones hay una ironía de cama.

Todo lo demás del sepulcro es desmantelado: la luz le viene de la pieza exterior.

La puerta la forman barras de hierro, cubiertas de modo que solo queda un boquete para la respiracion de la fiera. Una gruesa barra de hierro asegura la puerta.

Parece que la prision es accidental y que en ella residen por vía de pena correccional; pero yo ví en las puertas papeles que indicaban la permanencia en aquellos nichos de panteon, de cinco ó seis meses, aunque esto no es comun.

Aquella soledad, aquellos muros, aquella escasa luz, me parecieron peores que la misma muerte.

Dicen que la prision no es solitaria, y en efecto, ese sistema está del todo abolido; pero lo existente es brutal, es salvaje; convierte en afectacion hipócrita el cuidado del pájaro y del niño y la institucion caritativa para los animales.