Habia diferido mi visita al Cementerio de Greenwood: las disposiciones de mi espíritu han sido tales, los dolores que he apurado tan acerbos, que sentia miedo de una entrevista con la muerte.
Sin embargo, la fama que disfruta el Cementerio es tal, que fué necesario resolverme á una excursion á Broklyn, lugar en que está situada la maravilla del descanso eterno.
Era un domingo: apénas salió la luz, cuando atravesé solitario las calles silenciosas, como si hubiese sido abandonada la ciudad en la noche: dirigíme por el embarcadero de Hamilton, atravesé el rio, entré en un wagon, y héme, al doblar una calle, á la entrada del Cementerio.
Es un gran pórtico compuesto de una magnífica portada gótica, con dos edificios laterales del mismo órden.
Las puertas y sus agudos remates, las verjas y las alturas cónicas con primorosas molduras, constituyen por sí una augusta belleza.
Si fuera posible colocarse en una altura que dominase el conjunto, la impresion seria extraña y grandiosa.
Veríase en terreno extraordinariamente accidentado, un inmenso parque sembrado de arboledas gigantescas y sombrías, con sus eminencias, con sus laderas que forman como escalones, con sus cuencas y bajíos, que se tienden en apacibles vegas y duermen cristalinas fuentes de monótono y triste murmurar.
El terreno, donde no lo cruzan las anchas calzadas de asfalto ó arena, está alfombrado de verde césped, cuidado con tal esmero y pulido con tan exquisita diligencia, que se distingue aterciopelado y luminoso donde los llenos de la luz le bañan y donde rompen los rayos del sol las sombras que dibujan en el suelo, la forma y los trémulos follajes de los árboles.
El parque, austero, pero de sorprendente hermosura, está cortado por calles y avenidas; pero no como una ciudad, sino como el panteon de una ciudad.