Es á su vez el Cementerio una como poblacion de granito y de mármol; un bosque de pirámides y de columnas, como si la piedra floreciese; una petrificacion de séres humanos, inmóviles, llenos de majestad: tales se presentan arcángeles y estatuas en aquel cortejo silencioso de la muerte.
En cada paso se presenta un aspecto nuevo de aquella mansion silenciosa é imponente.
En aquella sucesion de hondonadas y colinas, ya tiene uno á sus piés templetes, obeliscos y pórticos, ya en gradacion ascienden como por fajas entre los árboles, grandiosos monumentos coronados en sus alturas por guerreros, por mujeres con los brazos extendidos, con arcángeles prontos á emprender su vuelo.
A la entrada se toma un carruaje que por veinticinco centavos hace la excursion del Cementerio. El conductor tiene la obligacion de ir haciendo notar al viajero los sepulcros y monumentos más célebres. Hace su oficio el cicerone como de rutina, con su voz indiferente y sin acentuacion, como automática.
El coche avanza rodando sordamente; se detiene á cada instante el cicerone, pronuncia un nombre y da lugar á la meditacion.
Aquella luz que intensa reverbera para alumbrar la nada; aquel silencio que es por sí una pompa; aquellas aguas que remedan á lo léjos la plegaria, y aquella grandiosidad de monumentos, producen una impresion única y sublime.
A la entrada tomó el guía el rumbo sur del Cementerio: las losas de mármol del suelo, como que repercutian acentos de otros mundos; era la palabra muerta tambien en un idioma extraño, el clamor perdido de la nada.
De repente, como una ráfaga de luz, iluminaba mi memoria un nombre.... era el de Morse, el inventor del telégrafo, que vive en espíritu, conduciendo la palabra al través del espacio y por el fondo del mar.
Su monumento es soberbio; son las fases cóncavas de una pirámide triangular.
En la portada de un monumento que no pude distinguir con propiedad, habia un grupo magnífico.