En las noches permanecia la puerta que da á la calle accesible á todos los huéspedes.

Hay multitud de criados; pero el servicio de las habitaciones está encomendado á irlandesas, que funcionan con la más severa disciplina.

Mme. Clermont, propietaria del hotel, se consagra dia y noche al excelente arreglo de la casa.

La Sra. Clermont es de mediana estatura, muy gruesa, de moreno subido, de ancha faz, ojos negros aterciopelados, roma y gruesa nariz, abren sus alas dos grandes bucles sobre sus sienes, que acentúan enérgicamente su fisonomía.

Encargada de un departamento estaba una irlandesa, alta como el plumero de un tambor mayor, comprimida de armazon, al punto que dudo que hubiera cabido entre su pecho y espalda un pliego de papel, y tan llena de vigorosas cuerdas y tendones, que sus manos y brazos parecian diseños en relieve de multiplicadas cañerías.

Maguet era el nombre de mi cuidadora, de blanco mate, de cabello amelcochado, como de músico aleman dedicado al violonchelo, de ojos gatunos y arrebozados en espesas cejas, de boca grande y fresca, y de modales circunspectos pero expeditos, como de sacristan mayor en Juéves Santo.

Fornida como mi compadre el general Chavarría; concentrada y adusta como Mata, nuestro representante en Washington; dedicada á sus tareas con imperturbable asiduidad, como á sus máquinas Adorno, Orozco y Berra á la historia nacional y García Torres á pescar noticias para su Monitor, Maguet era, además, un tipo de honradez, de decencia y de bondad extrema.

Yo habitaba en compañía, como he dicho, de Gomez del Palacio, hombre estudioso, ordenado y limitadísimo en sus molestias á los demás.