Yo aparecia lo mismo, con la simple diferencia de ser en realidad todo lo contrario.

Maguet sondeó los caractéres de los dos huéspedes que estaban bajo su cuidado, y se supo manejar de modo que nos tenia encantados.

A Francisco se subordinaba, á mí se me imponia.

Con Francisco entraba en conversacion, ante todo porque Francisco posee el inglés. Yo, aunque para mí le hablaba perpétuamente en inglés, jamás me entendió palabra.

Mis frecuentes salidas, mi ninguna aptitud para dobleces de ropa, costuras y cuentas de lavanderas, zapateros y criados, tenia mi cuarto hecho una bola de gusto los primeros dias; la lavandera, la camisera, el zapatero, una dulcera italiana y muchachos vendedores de periódicos, armaban tertulias magníficas, y aquella libertad de comercio solia traer por consecuencias, camisas desaparecidas, zapatos nones, sombreros que cambiaban de dueño y toda la glorificacion del desbarato de un soltero.

A Maguet le daba á guardar mis escasos fondos y la encargaba de algunos pagos, porque es la misma probidad.

Luego que en las intimidades de su conciencia se persuadió que era necessario cuidarme, desparecieron como por encanto las visitas de mi cuarto, y ya no hubo debajo de la cama camisas que sacaran las mangas como pidiendo socorro, y me puso en un arreglo estupendo.

¿Queria yo salir? ¿llovia? Maguet bonitamente me quitaba el sombrero y lo hacia perdedizo.

Bufaba de coraje: Maguet ni reia ni se daba por aludida por mis señas. Era de matarla.

Cuando me veia escribiendo, con la mayor frescura me encerraba con llave, y al querer ó no, soltaba pliegos como una máquina.