No temo que la pasion por los talentos de amigo tan querido preocupen mi juicio; por el contrario, tengo una especie de remordimiento, cuando recuerdo la severidad excesiva con que le hacia notar uno que otro que me parecia defecto, severidad tanto más imperdonable en mí, cuando soy, lo confieso, temerario en materia de incorreccion.

Pero ¡qué estro tan levantado el de Francisco! ¡qué emulacion con su modelo hasta embellecerlo y superarlo! ¡qué flexibilidad de talento para seguir en sus cambiantes armonías al poeta divino! ¡qué perspicacia para percibir delicadezas que se escapan á la sensibilidad más exquisita y penetrante!

Y sin embargo, el trabajo de Francisco es de puro solaz y pasatiempo; triunfo me costaba decidirlo á que me leyese: le decidia al fin, é iba desenrollando á mis ojos enamorados la série de cuadros encantadores del gran poeta que inmortalizó al capitan valeroso que el gran sepulcro libertó de Cristo.

¡Cómo sirvió aquella lectura de bálsamo á mis penas! ¡cómo deseo que termine aquella traduccion mi amigo, para honra de las letras y para satisfaccion muy privada de mi espíritu!

Era esta lectura mi primera recreacion poética; de la segunda voy á imponer más detenidamente á mis lectores; al cabo poco tenemos que hacer y mis entregas no son coches de sitio, que corren por horas.

Están vdes. para saber y yo para mal contar, que en las vecindades de mi cuarto, y no afirmaré precisamente si en mi mismo hotel, habia una beldad misteriosa de la que todos hablaban sotto voce y que nadie conocia.

Decíase que era una gaditana espléndida, de aquellas que dieron tema á los sabios con su mirada para inventar la máquina eléctrica y el pararrayos; de aquellas que donde clavan la vista dejan una señal, como si se hubiera pegado una tea, y que producen con una sonrisa el dolor de muelas del corazon.

Pero á derechas, nadie conocia á la linda misteriosa, y esto mismo revestia de los encantos de la leyenda, cuanto se encaminaba á descubrir la incógnita.

Yo me retiraba al hotel muy noche, tanto, que al pedazo de noche en que se verificaba mi llegada, le solian poner por mal nombre las dos y las tres de la mañana.

Y á hora tan importuna y silenciosa, cuando hasta las paredes parecian dormir por lo cerrado de los párpados de las ventanas, en el cuarto de la bella se veia una chispa de luz de gas, se oia una tosecilla reprimida, hija del amago de la tísis y del insomnio, y se oia á veces el ruido entrecortado del sollozo furtivo contenido, como si él pudiera constituir una impertinente revelacion.