A pesar de que aquella luz y aquella tos nada tenian de particular, las noticias vagas de la hermosura de aquella mujer, la obstinacion con que se ocultaba á todas las miradas, el silencio que guardaba la vieja irlandesa, única persona que penetraba en el cuarto, la disposicion de mi espíritu ó lo que se quiera, me formaron una novela de amor, de lágrimas, de desesperacion y de misterio, que me tenian enajenado.

Oculté cuidadoso hasta de mi sombra mi curiosidad, que yo (sesenton bárbaro), equivocaba con la alucinacion romancesca, y me propuse entrar en relacion con aquella mujer, de cualquiera manera que fuese.

Es de advertir que el cuarto de la gaditana estaba precisamente al terminar la escalera de uno de los pisos, de suerte que cualquiera detencion se hacia notable, por tratarse de un lugar de tránsito contínuo.

Seducir á la irlandesa, era pretender lo imposible; entablar contestacion con Maguet, era buscarme un ruido; aventurar una pregunta, un peligro; fingir una equivocacion, un desaguisado, un escándalo; acudir al correo, infructuoso; hacer una publicacion alusiva en El Herald, inútil: en una palabra, no habia esperanza.

Entónces me propuse escribir cualquier cosa y fingir que mi escribiente equivocaba el cuarto y por arrojar el papel bajo mi puerta, lo arrojaba bajo la de la incógnita, poniendo al calce de la supuesta copia:—"Copia de la leyenda de la Monja, para el Sr. D. Guillermo Prieto."

De esa manera me ponia yo á cubierto en cualquiera aclaracion.

Con los vagos datos que poseia yo de una gaditana viuda, en la flor de la vida, hermosa como el lucero de la mañana y encerrada en las cuatro paredes de un hotel, en país extranjero, hice mi composicion de lugar y sembré y cultivé en mi cerebro la leyenda de la Monja.

Tenia mi leyenda como epígrafe el sublime pensamiento de Santa Teresa, que dice: Compadezco á Satanás porque no ama. Y en esa introduccion, que era como el eco de los sollozos comprimidos que yo habia escuchado alguna vez, cuando dilatando mis pasos y comprimiendo mi aliento habia pasado frente al cuarto de la desconocida, lamentaba mi alma la desesperacion de no amar; el frio del desamparo, la queja muriendo sin eco, la tortura de la orfandad del alma, cuando la vida cae como la piedra que se desprende de la ruina, como la gota de lluvia que se embebe en la arena ó acaba, como la planta, con las raíces destrozadas, que tiene la existencia doliente de una luz fugaz; y terminaba la introduccion ofreciendo contar la historia de una monja sepultada en un claustro, entre los recuerdos de una tumba adorada y el desierto de no amar ante sus ojos.

Como se supone, las alusiones todas eran trasparentes á lo sumo; en cada inflexion del ritmo pretendí que vibrase un acento de pasion.

Escribí, puse al calce de mis versos aquello de "Copia para D. Fulano," y esperé la hora propicia para deslizar mi carta debajo de la puerta de mi vecina.