Es de advertir que viviamos mi vecina y yo en dos pisos diferentes; ella en el primero, yo en el tercero, y á la distancia de media cabecera de las nuestras.

Las ventanas de la gaditana daban cerca de la esquina, de modo que la luz dibujaba en la pared del frente con mucha imperfeccion las sombras, ó las rompia en la sombra de la calle.

Mis ventanas daban frente á las puertas laterales de un gran hotel, que estaban cerradas durante el dia; pero entrada la noche, tenian gran tragin, abriéndose, cerrándose, interponiéndose entrantes y salientes, apareciendo y desapareciendo la luz interior con desesperante persistencia.

La noche que me resolví á deslizar mi introduccion al cuarto de la vecina en el hotel, parece que habia una conspiracion contra el comun sosiego.

El banquero inglés del primer piso tuvo tertulia y bebieron y disputaron los hijos del Támesis como energúmenos.

Un matrimonio mal avenido dispuso una separacion temporal, y aquello era movimiento y bulla que espantaba.

Una maestra de música del último piso, que era un hipopótamo musical, berreó solfeos con sus discípulas, de aturdir, y Mme. Clermont jugaba ecarté en el Parlor á la una de la noche, con la frescura de si estuviera oscureciendo.

Yo no sentia interes alguno por la gaditana; pero me presumia que iba á ser aquella aventura un motivo de solaz en mis horas de insoportable fastidio; por otra parte, como tenia cierto viso poético, creí el episodio aquel muy digno de ocuparme.... mejor dicho, ahora pienso todo esto; entónces no me daba cuenta de por qué hacia yo semejante locura.