Sepamos ahora la historia de los dos séres que en medio del mundo y cada uno como en un desierto, hacian á la noche confidencias de sus dolores.

Adela, este es el nombre de la monja, vivia feliz en una de las fincas de campo de su padre cercanas á la capital; allí conoció y amó á Rodrigo Alvarado, jóven de las principales familias de México, y sus primeros amores corrieron apacibles como aura blanda entre aromáticas plantas. Pero al estallar la revolucion de la Reforma, tomó Rodrigo las armas en su defensa, y esto desató una persecucion, un odio tremendo de parte del padre de Adela, apasionado partidario de la causa clerical.

Sea porque fuesen frecuentes las invasiones á las fincas de campo, sea por sugestiones del encono, metieron á Adela á un convento, le hicieron creer á poco que Rodrigo se habia casado, y hundida en llanto, enloquecida, tomó el hábito, para acabar sus dias en el retiro y en la penitencia.

Rodrigo se distinguió en las armas, se hizo uno de los caudillos de más prestigio, y mal herido en la accion de Carretas, cerca de San Luis Potosí, fué conducido á México, y despues que se restableció, le encerraron en la prision de los reos políticos.

No es difícil creer, en las circunstancias por que atravesaba mi país, una incomunicacion completa de los amantes, y ménos difícil si recordamos la regla severísima de la religion en que Adela profesó.

El consuelo único, la compañía, la esperanza de Rodrigo era aquella luz de la ventana superior que alumbraba como una mirada tierna el antro en que estaba sumergido. El mimaba la luz, la acariciaba, la recibia como la visita de una alma compasiva á su espíritu desamparado; era el alma de su alma, el sol de su ternura.

Fijos los ojos en su luz querida, vió llegar una vez á su centro un bulto: se dibujaba perfectamente su cabeza envuelta en la toca monjil, las anchas mangas del hábito profuso, las manos delicadas.... Parecia arrodillada: sin duda habria algun altar ó alguna imágen á su frente.

La aparicion se verificaba todas las noches.

Unas veces la monja arrodillada se postraba haciendo su sombra un bulto informe; pero aquella cabeza temblaba. ¿Eran sus sollozos? ¿pegaba á la tierra sus labios gemidores para que no robase el viento los secretos que solo deberia saber su tumba? ¿En ese prolongado suicidio del claustro se escapaban á esos labios pegados al suelo, acentos que engendraba la ternura y se traducirian por despecho y blasfemia?

Otras veces el bulto negro enclavijaba sus manos, tendia sus brazos elocuentes, dejaba como derribar su cabeza hácia atrás y parecia entregar desesperada el pecho al dolor que la desgarraba, y otras, alzando los brazos, la cabeza erguida, el andar acelerado, aparecia y desaparecia en el claro de luz, como perdida en la demencia, hasta que extinguida la luz, se sepultaba la terrible vision en las tinieblas.