Era una necesidad para Rodrigo ponerse en comunicacion con la monja desconocida; pero cualquier esfuerzo equivalia á la realizacion de lo imposible.

Aventurándolo todo una noche, decidió, por medio del canto, dar á conocer su existencia en aquella mazmorra.

La voz de Rodrigo no tenia cultivo alguno; pero era un barítono claro, vibrante y apasionado.

Pero el cantar de Rodrigo moria en su tumba, no rebosaba un solo sonido, en su juicio, las altas rejas de su prision.

Sin embargo, á los oidos de la monja llegaron unos rumores vagos, unos ecos que parecian la forma de sus más recónditos recuerdos. Atraida por la voz, despues de extinguir la luz, se asomó á la ventana y se fijó en la iluminada reja del prisionero. Este, entre tanto, arrimó el banco de su cama á la pared, colocó sobre él una mesa, despues una silla, escaló por los muebles, se asió de la reja y pegó en ella su semblante.

Entónces creyó escuchar un grito reprimido y oyó distintamente que se cerraba la ventana con estrépito.

La monja, aunque interceptado por las rejas, habia creido percibir el perfil de una cabeza, de un rostro, un conjunto que la perseguia despierta y en sueños, que era el culto de su desgarrado corazon....

Acaso le pareció una vision que para su castigo le presentaba el enemigo de las almas.

Por algun tiempo no se volvió á ver la luz de la celda.

Las noches de luna eran la desesperacion de Rodrigo, no solo porque habia transeuntes en aquella frecuentemente desierta calle, sino porque dando la luna en el muro, borraba y hacia más indecisa la luz artificial.