Acomodándose Rodrigo á las creencias de la familia de Adela, se dirigió al Santo Padre por medio de un letrado distinguido, haciendo ver que era Adela víctima de un engaño y que no tenian validez sus votos monásticos.

Los hombres de todas las opiniones, los teólogos más ilustres, los más escrupulosos sacerdotes, esperaban que la decision del Santo Padre abriese á los amantes las puertas de la felicidad!......

Tal era la leyenda que escribí en verso, sin quedarme con una copia; la dividí en capítulos, procurando que en cada uno de ellos fuese creciendo el interes y multiplicando las alusiones, segun las peripecias de mi situacion particular.

Como he indicado, dejaba una noche el Album y lo recogia á la siguiente noche; pero nada avanzaba en mis pesquisas.... la luz que reflejaba la ventana me delineaba la linda figura, pero inmóvil, fria, con una silueta de estatua que me desesperaba.

Yo no sé cómo no me quedé litografiado en el quicio de aquella puerta, porque realmente me estampaba para distinguir algo que disipase mis dudas.... nada: la orla de seda de un vestido espléndido, dos piesecitos como dos pichones, que corrieran entre encajes.... y unos dedos de marfil y rosas que hubiera querido besar, si los labios, como debiera ser, tuvieran la facultad de volverse pinzas.

Pero la detencion frente de aquel cuarto era imposible; una vez me habian encontrado inclinándome al suelo, y yo saqué un cerillo fingiendo buscar una moneda; otra vez el lapicero era lo perdido; otras habia extraviado camino.

Algo debió notar Maguet de mis inquietudes, porque cuando volvia la cara, aunque fuese muy noche, estaba con una luz esperándome, y yo me daba á los demonios y seguia mi leyenda.

Cuando en ella llegué al punto del Adios de Schubert, no hubo aparicion en el círculo de luz; pero á poco de estar en la ventana, tendió sus alas aquella melodía sublime y una voz sobrehumana iluminó mi alma, empapando de lágrimas mis ojos.

Al siguiente dia de haber aludido en uno de los capítulos de mi Monja á la lluvia de pétalos de rosa, en una de las entradas que dí á mi cuarto, ví en la mesa del centro un espléndido ramillete de rosas blancas, atados sus tallos con un liston negro; redoblé mis tentativas, aunque solia decirme: ¿A qué este empeño? ¿qué designio me guía? ¿qué siento en mí que pueda justificar una inquietud tan injustificable en mis años?