Hice coincidir el capítulo de la carta suspendida del hilo, con mis anuncios de partida, y por último, á uno de mis amigos le rogué, la noche que deslicé bajo la puerta la conclusion de mi leyenda, que cantase en mi cuarto, como cantó en efecto con voz dulcísima, apasionada y dolorida, el Adios de Schubert....
En el claro que formaba en la pared la luz del cuarto de la gaditana, ví inmóvil, como si proyectase la sombra una estatua de mármol, el bulto, los contornos y el perfil correcto de mi aparicion: con la última nota se extinguió la luz, envolviéndome en el silencio y el misterio.
Por más activas que fueron mis pesquisas, no pude hacer aclaracion alguna; por más audaces que fueron mis tentativas para conseguir copia siquiera de mi manuscrito, nada pude obtener; creo que los versos de esa leyenda, es de lo ménos malo que he hecho en mi vida.... Ni sospecha, ni conjetura, nada dejó en pos de sí la inspiradora de mi leyenda de la Monja.
Cuarenta y ocho horas precisas me quedaban para decir mis adioses á Nueva-York, que como he dicho, como que me rodeaba con su tumulto de palacios, sus ruidos, las cruces de sus telégrafos, su tropel aéreo de cúpulas y banderas y su conjunto arrebatador.
Levantándome estaba cuando entró en mi cuarto un jovenzuelo llamado M. Fayar, alegre como un fandango, movible como una ardilla y vestido como un corredor de caballos, lo que le hacia aparecer doblemente expedito.
—M. Guillermo, vd. será por mí; yo quiere con vd. muchas muchachas señoritas.
—Chico, es cosa que no me repugna en ninguna circunstancia; pero estoy ocupadísimo.
—Pero vd. no decir nada de este en su Viaje.
—Hombre, en mi Viaje hablo bastante de este ramo y es lo mismo en todas partes, tratándose de los Estados-Unidos, con la diferencia de que aquí toman las cosas colosales proporciones.