—Ya verá vd. salones en toda forma, en cuyo menaje están invertidos capitales inmensos; haria vd. conocimiento con hermosuras de casi todas las naciones del globo.... y mucho contento.

—Amigo, he tenido en mi mano una Guía de forasteros ó Directorio, que se vende á los viajeros para sus visitas de confianza, y en ese librito constan todas las particularidades apetecibles para las visitas de confianza. Por otra parte, yo no he querido escribir un Manual del Calavera, sino consignar simplemente mis impresiones, y esto en la esfera limitada y con la superficialidad consiguiente á quien hace sus apuntaciones por ferrocarril: ya vd. lo ve, aquí, anualmente, se publican gruesos volúmenes, sobre cada uno de los departamentos de la administracion, sobre cada uno de los establecimientos de beneficencia, sobre cada uno de los servicios públicos; ¿qué puedo yo hacer, sino índices, indicaciones y notas que pongan de manifiesto mi deseo de que en mi país se conozcan y estudien estos pueblos?

—Esta bien, creo que vd. hace más de lo posible; pero ni siquiera de M. Rails habla vd., y está llenando el mundo su proceso.

—No me he podido imponer á fondo. ¿Vd. conoce bien ese cuento?

—Bien, bien, no; pero un poquito, que está curioso. ¿Vd. conoce la Quinta Avenida que da entrada al Parque Central?

—Perfectamente.

—Se ha fijado en cuatro ó cinco palacios de mármol, que forman esa entrada, y llaman la atencion por su opulencia?

—Si, señor.

—Pues uno de esos palacios es de la persona de quien se trata.... De una abortivista.

—¿Qué me cuenta vd?