—Yo lo que deseo es que hable vd. fuerte, muy fuerte, á estos patanes, sobre su codicia, porque para ellos no hay más Dios que el dinero.
—En efecto, decia Néstor, ya el señor ha hablado bastante de la omnipotencia del dollar; pero lo que le falta que agregar es que si el yankee es ávido para adquirir y no se para en medios, tambien gasta con suma liberalidad; aquí no se ve, como en la tierra de vd., ó si se ve es con ménos frecuencia, hombres acaudalados, tratándose con verdadera miseria, peor que los obreros de estas fábricas.
—¿Ya ve vd. cómo se desarrolla aquí la fiebre del oro? Pues la dote en la mujer es desconocida, y esos pescadores de fortunas con el anzuelo del amor, ni se mientan.
—Eso sí es cierto, replicó una de las señoras; aquí ni se habla de esos gansos del amor conyugal, muertos de hambre, calculistas, esperanzados, para salir de penas, en triunfar del corazon de una polla trasañeja, epiléptica y contrahecha, ó de una vieja, aunque impertinente y llena de achaques, poderosa.
—Por otra parte, decia otra señora, sesuda y de claro ingenio, por regla general, cuando el marido yankee no es borracho, es un excelente marido; acaso los negocios y la frialdad de carácter le hacen fiel y dedicado á su familia, es pacientísimo con sus hijos; acaso su defecto capital sea que muchas veces se deja dominar de la mujer, que es enfermiza y poco hacendosa, aunque esto admite sus excepciones.
—¿Qué me está vd. diciendo?
—La verdad, dijo Bachiller; esas hermosuras deslumbradoras caducan mucho más pronto que en Europa; son bellezas de un dia, y vd., al apreciarlas de otra manera, ha incurrido en una equivocacion.
—Eso depende, dijo una viejecita, muy viejecita, con su dentadura muy blanca y su cabeza como unos algodones, de que esas niñas no comen: cuando diga vd. mantenerse de golosinas, las yankas: por aquí las fresas; por allá la nieve; por acullá los candís, si tienen proporciones; y si no, todo se lo echan encima, es decir, todo lo gastan en vestirse: para algunas no importa que la casa esté como nido de aviones; pero el gorrito listo, nuevo el velo de gasa, ajustados los guantes y el calzado como de reinas.
—Eso tambien debe atribuirse á que no conoce vd. mujeres más callejeras que estas americanas.
A título de libertad, se van llevando á la casa al novio, sin que nadie les diga: "esta boca es mia," platican con él, salen y entran con él, sin que nadie se fije en el aparecido; de suerte que á veces, á los tres ó cuatro meses, va sabiendo el papá que aquel señorito que entra y sale y se aisla con la mayor desfachatez á platicar á solas con su hija en el salon, es nada ménos que su futuro hijo político.