Los Sres. García, de Las Novedades; los redactores de La Voz de Cuba; el Sr. Macías y otros literatos distinguidos, merecen mi profundo reconocimiento.
Los Sres. Cisneros, Aguilar, Agramonte, Jardines, Roselló, á todos queria hacer patente mi reconocimiento, y me disponia á salir, cuando Francisco, que habia arreglado lo conducente á la marcha, me dijo que queria que le acompañase á tomar los boletos.
Emprendimos el viaje hasta la parte baja de la ciudad, en donde están los despachos de líneas de vapores, ferrocarriles, express, y como quien dice, las llaves para abrir todas las puertas del mundo.
Cuartos y salones extensos tapizados de mapas, guías, derroteros, instrucciones para viajeros, todo se encuentra allí explicado por corteses dependientes, que se esmeran en particularizar detalles, y que le llevan á uno como por la mano á los puntos á que quiere dirigirse.
En estantes, á la entrada de esos salones, hay grátis y al alcance de todo el que quiera, mapas y directorios utilísimos.
Quedó arreglado el envío del equipaje, el cochero que habia de pasar por nosotros á las siete de la noche, y cuanto podiamos apetecer.
La ciudad me parecia más bella y animada; sus altas paredes, sus magníficos edificios, sus cúpulas, sus torres, sus banderas, como que salian á verme partir, y me señalaban entre aquel tumulto de coches, de carros, de vendedores, de hombres de negocios y de paseantes.
El almuerzo fué tristísimo; se trataba de cosas indiferentes; pero el eco de la voz tenia amargura, y no se atrevian á encontrarse nuestras miradas.
La lluvia se desató á torrentes; yo me encerré en mi cuarto, y para distraerme del fastidio que me agobiaba, me puse á copiar y extractar del New-York Times lo siguiente, que me pareció curioso.
Pero es el caso que dentro del periódico, y como por vía de introduccion, habia puesto no sé cuántas sandeces que en aquellas circunstancias se avenian con la disposicion de mi espíritu, como un par de pistolas con un Santocristo.