Es el jóven Buzeti de veinticinco años, delgado, patilla poblada y ojos negros. Es mexicano de nacimiento y conserva con orgullo su nacionalidad; su padre, frances de orígen, residió en Veracruz mucho tiempo. Su familia vino á negocios á Nueva-York; aquí murió el padre y se mantiene la familia de las lecciones de una niña encantadora profesora de música, y de mi amigo Emilio, corredor del comercio.
Buzeti, sin antecedente, se hizo mi amigo y fué mi compañero inseparable, mi intérprete, mi guía y mi luz en este laberinto, sin querer admitir por sus servicios retribucion alguna.
Llegó el momento de la partida....
En el carruaje íbamos, sin pronunciar palabra ni vernos las caras por la oscuridad, Francisco, Buzeti y yo......
Llegamos al muelle, atravesamos la estacion, mal alumbrada por la luz artificial, como unas sombras.... la lluvia arreciaba.... sonó el pito de la locomotora, y vimos avanzar la luz del ojo del gigante, como abriendo un surco de llama en un mar de tinieblas....