Antes de apartarme de aquel sitio, quise ver de frente el Capitolio.
A lo léjos distinguí, cuando yo salia, una gran estatua de Washington: unos dicen que tiene gran mérito; los otros la llaman el Júpiter doméstico, como quien dice, el leon faldero.
Washington está sentado, con su toga romana, objeto de censuras: yo no puedo dar opinion, porque no pude examinar bien aquella escultura.
Hay un Colon en actitud de jugar á los bolos, que seria de mérito en cualquiera de nuestros Tívolis: allí me pareció de desgraciado efecto.
No opino lo mismo de un correcto y soberbio grupo que representa á una linda mujer con su niño en los brazos, amagada por el hacha de un salvaje, y contenido y sojuzgado por la mano vigorosa de un yankee.... Es el apoteósis de la civilizacion, su triunfo sobre la barbarie.... El pensamiento me pareció magnífico y desempeñado con gusto admirable: ¿qué mejor empleo de la civilizacion que proteger á la mujer y al niño? ¿qué manifestacion más repugnante de la barbarie que el ultraje á los inocentes y á los débiles?
Aquellas actitudes, aquella accion, aquel conjunto, son de raro mérito, y me separé con repugnancia de ese grupo que bien merece detenido exámen. Este grupo hermoso es de Horacio Grinoffh, célebre escultor americano nativo de Boston, que murió en 1852.
Al salir por el interior del edificio para tomar el camino por donde venimos, me hizo notar Francisco la soberbia puerta de bronce que está al salir de la rotonda y tiene en relieve los paisajes más notables de la vida de Colon: aseguran que esa puerta costó cerca de treinta mil pesos.
—¡La Biblioteca! me dijo Francisco.
—Hermano, lo ves, ya no hay tiempo: tenemos tres cuartos de hora.
—Te pierdes de conocer una de las más hermosas bibliotecas del mundo, acaso solo la de Paris le iguale: tiene 300,000 volúmenes.