Un jóven de arrogante presencia y de excelentes cualidades, se enamoró de Miss Harris, que es el nombre de la hermosa, rondó su casa, se mostró rendido y le dió palabra de esposo.

La encantadora lady, que realmente adoraba á su novio, con empeño tan formalmente contraido, dió rienda á su ternura y prodigó atenciones y cariño á su prometido, hasta donde el pudor y la decencia podian autorizarlo.

¡Qué paraíso de ilusiones! ¡qué cielo de ensueños! Eran envidia de amantes, modelo de novios consecuentes, y las polluelas almibaradas, cuando los veian pasar, decian: "¡qué felices son!"

Sin antecedente alguno, interrumpiendo sus visitas y sus hábitos, el jóven se trasladó á Washington, donde estaba empleado en el Ministerio del Tesoro.

Al principio palió su ausencia el jóven con sus ocupadones; despues sus cartas parecieron tibias; al último dejó de escribir.

La jóven no creia en su inmensa desdicha: todo cariño tierno es indulgente; disculpó á su amante, atribuyó la que llamaba aparente frialdad, á escasez de recursos, y voló á Washington á allanar todo inconveniente y unirse al amado de su corazon.

Llegó desasosegada y encerrando un mar de pasion en su pecho: anunció su arribo á la ciudad, y el mal caballero, el indigno jóven, le dió una cita para una casa no frecuentada por los santos amores.

Supo Miss Harris el ultraje de que se la queria hacer víctima, y sintió que su corazon se despedazaba.

Disimuló sin embargo y provocó otra cita. Entónces supo que el nuevo lugar que se le designaba, tenia mujeres desenvueltas, se oian allí palabras que quemaban la piel, se distinguian fisonomías de bacantes; y humillada, trémula, enloquecida, fué en busca de quien así restregaba en los suelos, su honra, su alma, su inocencia y su vida.

Dirigióse la ultrajada señorita á la oficina del jóven, en pleno dia; le llama, mediaron algunas palabras, y con un revólver que llevaba prevenido, dió muerte al jóven que habia querido sepultar en el fango, cuanto tenia de más amado en el mundo.