Aprehendida la mujer desdichada, bella como nunca con su indignacion y su infortunio, fué conducida al Jurado.

Su defensor, el célebre abogado Brady, expuso con tal elocuencia la situacion de aquella mujer, sus creencias despedazadas, la naturaleza del ultraje inferido, que por unanimidad la absolvió el Jurado. El defensor pintó su excitacion como una verdadera demencia, y adujo el testimonio de algunos alienistas que justificaban su asercion.

El pueblo, que oyó la causa y la defensa, estalló, en "¡vivas!" al saber el veredicto de absolucion del Jurado, paseando en triunfo á la terrible vengadora de su honor.

Pero la niña desventurada, al aniquilar al verdugo de su alma, habia destrozado su corazon. En medio de las aclamaciones de regocijo, dió señales del espantoso extravío de su razon.


Ahora se visita el Hospital de mujeres dementes del Distrito federal, y en el departamento de mujeres suele pasar delante del viajero una jóven alta, hermosa sobre toda ponderacion, que solloza, ríe y queda sepultada en honda meditacion.

—"¿Quién es esa mujer?" se suele preguntar.—"Es Miss Harris, la misma á quien pasearon en triunfo hace tiempo por las calles de Washington......."

—Mucho te agradezco tu anécdota, dije á Francisco, y voy á unirla á la historia de un plagio que mucho llamó mi atencion, por no ser fruta de estas tierras, y que corrobora el refran que dice: "En todas partes cuecen habas." Oye mi historia:

Hace más de cuatro años, un Sr. Roos, rico comerciante de Germantown que, como tú sabes mejor que yo, es una prolongacion de Filadelfia, tenia dos hijos, uno de seis y otro de cuatro años: el de cuatro años se llamaba Charley; era alegre como los ojos de una china de mi tierra, y lindo como un serafin.

Los chiquitines, con sus vestidos primorosos, sus sombreritos llenos de listones y sus juguetes en las manos, salian solos á la calle y se daban unas paseadas, que era un contento.