Una tarde que los chicos corrian con sus aros, bajo las frondosas arboledas de una de las calles más céntricas de Filadelfia, se detuvieron ante ellos dos hombres que iban en un bogue. Al parecer, aquellas eran personas decentes, puesto que los niños no mostraron extrañeza, cuando uno de ellos se apeó del carruaje, y dijo al grandecito que les llevaria á dar un paseo y les compraria dulces y juguetes.

Los niños partieron con sus raptores; pero el mayor de los dos mostró disgusto del paseo, dió señales de inquietud é impaciencia, y los hombres del bogue le bajaron del carruaje, cerca de su casa. En ésta, á la llegada del niño, se supo la aventura, y desde ese momento comenzaron las diligencias para buscar al otro niño, con cruel ansiedad.

Cuatro años habian trascurrido desde la aventura del bogue, sin que el niño pareciera. La casa de M. Roos, ántes tan llena de la alegría de los niños, estaba lúgubre y como desierta.

El desventurado padre de Carlitos habia recorrido los pueblos más remotos de los Estados-Unidos, la prensa en constante clamoreo, habia simpatizado con el grande infortunio de M. Roos, haciendo cargos tremendos á la policía.

En tales circunstancias, recibió M. Roos un anónimo en que se le pedian veinte mil pesos por la devolucion de su hijo. La policía lo supo y se opuso á aquella condescendencia, diciendo que estaba sobre la pista de los plagiarios.

Las pesquisas se redoblaron, se consideró como punto de honor del Estado descubrir á los malvados, y toda diligencia fué en vano.

M. Roos, no obstante que no habia envejecido, estaba enfermo, devorado por la idea fija de encontrar á su hijo, y aniquilada su cuantiosa fortuna, ofreció diez mil pesos al que le diera noticias del niño; la policía hizo igual oferta, y la misma el Estado.

Muchas veces escribieron cartas misteriosas al padre dándole falsas noticias; abandonaba sus intereses y su casa, se galvanizaba, corria, se formaba risueñas ilusiones y volvia á su triste hogar, abatido y con la desesperacion en el alma.

En una de estas ocasiones hubo un robo famoso en Nueva-York; fueron en él sorprendidos dos malhechores; uno de ellos, al morir, en la penitenciaría, declaró que era uno de los plagiarios del niño de M. Roos, á quien tenia un compañero suyo.... Entónces revivieron las esperanzas, la prensa narró todos los detalles de la declaracion del bandido, produciéndose en el público intensa sensacion: se dijo que el niño se encontraba por Texas. M. Roos, que estaba bastante enfermo, pareció revivir con aquella noticia, se puso en marcha, recorrió el Oeste, registró los últimos rincones de Texas, y volvió hecho un viejo, doblado por los sufrimientos, á caer sobre la tumba de todas sus esperanzas.

Jamás se ha sabido del niño; muchas personas creen que murió ó lo mataron, temiendo que se descubriera el crímen.