Yo contaba, refiriéndome á algunas singularidades que habia visto, que en mi primer viaje á Orleans, navegaba en el magnífico vapor "John Steefens," en que hacian su travesía multitud de viajeros, algunos de ellos de regreso de California, donde habian improvisado sus fortunas.
Entre esos viajeros habia uno grueso, cargado de espaldas, y de pelo rubio y entrecano, fumaba sin cesar, y donde quiera se abria de piernas, se tendia en banca ó silla, deteniéndose, mejor dicho, colgándose de la nuca con desvergonzado abandono.
No sé con qué motivo, álguien le preguntó de dónde venia y adónde se dirigia, con ese desplante que tienen para hacer preguntas los yankees mal educados.
—Vengo de California, donde fuí por un dinerito; voy á Durango á ver una muchacha que quiero mucho, y me caso con ella.....
No atino por qué, respuesta tan sencilla despertó la curiosidad, y á poco se le presentó otro viajero y le dijo:
—¿Vd. va á Durango?
—Sí, señor, vengo de California, donde fuí á recoger un dinero, y voy á Durango á ver una muchacha que quiero mucho, y me caso con ella....
No habia concluido su relacion el viajero, cuando llegó otro curioso y le interpeló:
—¿Va vd. á casarse á Durango?