El lance fué en Orleans, y el teatro representa una casa en que se venden ostras, frente á la Levé.

Me azotaba la cara el cierzo: para refocilarme, resolví echar un buen trago sobre una docena de ostiones. Dirigíme á la casa susodicha; tras de la puerta estaba un viejecillo en cuatro dobleces, con más envolturas que regalo de novia.

Pedí en el mostrador las ostras y el Jerez, sin cuidarme del avechucho aquel de detrás de la puerta; pero éste me llamó, y despues de dar dos ó tres fumadas á su pipa, me dijo con voz agridulce llena de malicia:

—Ese pantalona está perdido por hoy....

Un tanto molesto, pero no queriendo ser descortés, le repliqué:

—Es cierto; pero salí con precipitacion....

Me volví al mostrador, tomé un plato y dije al viejo:

—¿Vd. gusta?

—Gracias, gracias.... aunque diré á vd. que ese pantalona está perdido por hoy....

—Pues vea vd., á mí no me importa.