La marcha del tren era lenta, el camino fangoso, la luz del interior del wagon amarilla y enferma, la atmósfera espesa y pestilente.

Para que no nos faltara ningun disgusto que sufrir, como ataques de estornudos intempestivos, como invasiones nerviosas, yo no sé con qué motivo acometieron accesos de risa y alegría, á negros, negras y negritos, circularon de boca á boca botellas, reventando de wiskey, desenvainaron de no sé dónde unas guitarras los hijos de la tiniebla, sonaron los palillos, que repican como castañuelas, y aquello fué fandango.

Francisco, de un salto, se puso fuera del wagon, y se colocó en la plataforma, echando chispas; otros tres viajeros lo seguimos, resueltos á pasar la noche á la intemperie, ántes que estar en aquel infierno.

Entre los viajeros que nos seguian habia un hombre vestido de cuero, bruscos movimientos, aunque se conocia que eran afectados, y callosas manos; pero su fisonomía formaba contraste.

Era un hombre de semblante apiñonado, un tanto pálido y de ojos negros; el cabello descuidado, pero finísimo; la boca con el labio superior algo levantado, y la barba y el cuello de persona de alta distincion: desde que entramos al wagon, Enrique, á quien discretamente llamaremos así, nos colmó de atenciones, hizo que sus criados nos sirviesen y se captó nuestra voluntad.

Preguntéle si era español; me dijo que era mexicano; y en efecto, le era conocida no solo nuestra historia, sino peculiaridades de colegio, que convirtieron casi en íntimas nuestras nacientes relaciones.

Por su parte, para Enrique el nuevo conocimiento se advertia que le era muy grato; pero cuando Francisco y yo hablábamos de nuestras familias, se le veia hondamente afectado, y aun me pareció ver alguna vez que con disimulo enjugaba una furtiva lágrima.

En el grupo que formábamos los cuatro prófugos de la orgía, no daba luz alguna; sospechábamos movimientos y fisonomías, la noche era oscurísima, el carruaje marchaba lentamente; era un paseo en la barca Caron, porque nos deslizábamos como sombras.

Alguno me dijo:

—Aunque sea un cuento, cuéntenos vd., Fidel; ya este es mucho fastidio.