—A tí te toca, Francisco, que eres el que ménos hablas: haz ahora el gasto.
—Enrique, Enrique que es el más jóven, tiene obligacion de entretener á los viejos, dijeron los otros.
—Allá voy, dijo Enrique. Voy á contar á vdes. la historia de Fernando Verjeles, historia que me trajo por estos mundos, como por incidencia, por tabla, como dicen los jugadores de billar de nuestra tierra.
Ya advertirán los lectores que aunque Enrique supuso el nombre de Fernando, él realmente era el héroe de la novelita que voy á referir, aunque sin la naturalidad y la gracia que lo hizo Enrique, y sin el atractivo que le comunicaron las circunstancias particulares en que me encontraba.
Enrique, despues de anunciar su cuento, quedó con la cabeza inclinada. Acaso dudaba hacernos su confidencia; pero, como supe despues, superó en él la idea de vindicarse de la nota de bandido ó de traidor. Tan absorbido estaba en su meditacion, que fué necesario que le dijéramos:
—Estamos esperando el cuento.
Volvió en sí como quien despierta, y habló como sigue:
—Era de por estas tierras Fernando, pobre como Aman y entusiasta y ambicioso de gloria como César ó como Goethe.
Una madre anciana, una camisa sin parentesco con otra alguna, y un firmamento de esperanzas en el cielo de su alma, hé ahí su patrimonio.
En medio de tan escasa fortuna, su alma estaba dotada de la alegría, luz intensa, flor de ricas esencias que perfuma todos los caminos y corona de encantos la frente misma de la adversidad.