No sé qué traza se dió Fernando que resultó en México, como llovido del cielo, con su tierna madre á quien idolatraba, y se estableció en una casuquita interior en la calle de las Gallas, sin otro amparo que el del mismo cielo.
Un banco de cama tartamudo de piés, una mesa de palo blanco con una espina dorsal en el centro, que le quitaba toda utilidad, cinco trastos para guisos y servicio de mesa, una silla desfondada, pero conservando gravedosa su figura, y otra que mantenia al ocupante en cuclillas, hé ahí el ajuar de la casita de Fernando.
No obstante, con el brío y la entereza de que estaba dotado, entróse de capense en Letran, captóse la voluntad de Lacunza, y á poco el Dr. Arrillaga, capellan de Santa Brígida, le abrió de par en par las puertas de su confianza, y caten vdes. á mi capense con seis reales diarios, por escribir sermones y polémicas teológicas.
Doña Pepita, santa y nobilísima mamá de Fernando, tuvo su criada, apareció deslumbrante un espejillo en la desnuda pared de la sala, hasta media docena de sillas de tule iniciaron el ajuar, sintióse en la cocina calor y en la hornilla la alegre algarabía de las frituras.
Fernando trabajaba sin cesar, estudiaba, escribia, pronunciaba discursos y hacia unas coplas tales, que era el Campoamor de todas las costureras de modista, y el Zorrilla de todos los amantes de tres al cuarto y escasa fortuna.
Patio no lo habia en la casa, las piezas se encerraban en dos; no quedaba más campo á la inspiracion que la azotea, y la azotea fué el templo del ingenio y el pedestal de las soñadas glorias de Fernando.
Su hablar recio, sus aspavientos frente al sol poniente, sus apóstrofes apasionados á los horizontes y á las montañas, dieron cierta celebridad al poeta, con recamareras, cocineras, y niñas entregadas á la costura, frente á exíguas ventanillas que les regatean hasta pedazos de cielo.
Capotin destrozado y lleno de chorreones, sombrero independiente de toda línea y conformacion regular, calzado en desavenencia eterna con el pié, corbata buscando una tangente sobre el hombro, escondiendo uno de sus extremos como víbora en la abierta camisa, alborotado sobre la frente el rubio cabello, cubriendo casi los vidrios de sus anteojos, pero alegre, ufano, decidor y atrevido, he ahí á Fernando en sus paseos sobre las alturas, como ave torpe que sube á la cima del árbol, ensaya sus alas y las recoge triste desconfiando de su fuerza.
Paseando la azotea y espiando hácia abajo, ya por aquí, ya por allá.... le llamó la atencion en el centro de una azotehuelita reducida, un jóven vestido con cierta compostura, aunque muy pobremente.