Era levantado sobre la frente su rubio cabello, lleno de carrillos y gruesa papada, boca grande, pero con dentadura blanquísima, y unos ojos que tenian el reflejo del topacio.
Nada le pareció más perfecto que sus manos de alabastro, tan bien hechas y aristocráticas, que parecian haber sido modeladas para las caricias.
Estaba el jóven sentado en una sillita baja, de las que llaman de costura las señoras de nuestra tierra, y tenia en sus rodillas una de esas tablas que hacen una curva en uno de sus lados, de las que se servian en aquella época los sastres infelices para sus cortes y arreglos.
Sobre la tabla habia un lienzo; parecia trazar con una uña de jabon unos pantalones.
A la derecha del incógnito jóven, en otra sillita pequeña, habia abiertos unos libros, y una tira de papel con un lápiz descansando sobre ella.
El jóven trazaba su pantalon, tarareando no recuerdo qué; pero de repente apartaba los toscos lienzos y se entregaba á profundas meditaciones sobre su libro, haciendo apuntaciones.
Yo (digo, Fernando), tras el pretil de la azotea, todo lo veia, y veia, como entrada á la casa, una pequeña pieza que era la cocina, donde no habia percibido gente....
De repente el sastre-literato gritó: "¡Leonor!" y formándole marco la entrada á la cocina, vió Fernando una mujer de rara hermosura, que tal vez por lo inesperada le deslumbró.
Era la jóven delgada, pálida, augusta en su porte y en su inocente majestad.
Bajo su cabello negro se veia su semblante de alabastro, como bajo una nube un horizonte luminoso; sus grandes ojos negros resplandecian coronados por sus largas pestañas, que sombreaban la parte inferior de sus ojos; su nariz, de delicadeza griega, llevaba la vista á sus labios, que se habrian podido cerrar con el pétalo de un clavel, y su barba y su torneado cuello, como que abandonaban la provocacion al encanto, para glorificar aquella hermosura angélica.