—De todos modos, á mí no me podria acompañar Leonor.... y me hace falta.... ya vd. lo ve.
—En cambio, yo puedo deshacer mis pantalones bajando, con ménos trabajo que los que vdes. hacen, segun veo....
—¿No gusta vd. de pasar? le dijo el jóven á Fernando.
—De muy buena gana lo haria, respondió éste; pero vd. ve que no puedo hacerlo, sin comprometer la integridad de mi territorio.
—¡Eh! ahora, con el cloroformo, nada importa romperse una pierna.
—Vd. lo dice porque teniendo una sola pierna los pantalones, trabajaria ménos Leonor.
—Baje vd., decia ésta; traigo una mesa, sobre la mesa se pone una silla; así se alcanza á la azotea del palomar, y á ella se baja con un salto pequeño.
—Señorita, el salto de Alvarado fué á lo ancho siquiera.... si he de llegar á vd. por el camino de los héroes, avíseme con tiempo.
Hablando, hablando, trajo el letrado la mesa, se colocó la silla, me armé de resolucion, (se armó Fernando de resolucion), y despues de tres maromas, estrechaba la mano de los nuevos amigos.
No sé ni podria recordar todo lo que hablaron; pero todo era oportuno, risueño, caia en gracia, se celebraba con entusiasmo, aunque fueran tema de los epígramas los desdenes de la fortuna, que realmente trataba de perros á los tres actores de este drama.