—Pase vd., amigo: ¿cómo se llama vd.?

—Fernando, para servir á vd.

—Pase vd., y le hablará á mamá.

Atravesaron la cocinita y dos piececitas que servian de toda clase de departamentos de una habitacion, y en una de esas piezas estaba una viejecita limpia, afable y de dulcísima voz, que me felicitó (á Fernando), por el conocimiento que habia hecho con sus hijos.

Entónces fué el relato de las historias: ya vdes. saben la de Fernando; la de Miguel y Leonor era muy sencilla. Hijos de un opulento negociante, dejó parte de su fortuna para obras piadosas; los abogados de los conventos á quienes habia hecho el negociante legados, emprendieron pleito para quedarse cada quien con la mayor parte del caudal. En esto se destruyó la fortuna: la familia vivia á expensas de un bienhechor generoso y desinteresado, hermano de la mamá de los jóvenes, y éstos, estudiando el uno para abogado, y los dos cosiendo municion, atendian á las necesidades de la casa.

El trabajo, la virtud y la conformidad con la mala suerte, hacian la riqueza de aquella familia venerable y encantadora....

Miguel, que hemos dicho era el nombre del futuro abogado, quiso á Fernando con pasion desde que lo vió.

—Merienda vd. con nosotros, muy pobremente, le dijo.

—No muy pobremente, dijo Leonor; yo prepararé un banquete de manteles largos.