—Me van vdes. á hacer mal: á mí me tiene á dieta rigurosa el Dr. Arrillaga.

—Ya verá vd., yo soy una notabilidad de brasero.

—Yo en ese ramo, he aprendido á soplar; desbarato en cada fagina un aventador.

—Queden vdes. platicando, dijo Leonor, que yo voy á disponer la merienda.... y desapareció.

A poco de salir Leonor de la pieza, escuchó Fernando desusado tragin en la cocina; entraba y salia la mocita, y se escuchaban esos rumores que acompañan á los guisos y forman un lenguaje que comprende regocijado el estómago.

Poco tiempo duró la espectativa: llamólos la voz musical de Leonor á merendar, y no asistió á la mesa la señora por sus enfermedades.

La mesa albeando, la iluminacion a giorno, porque habia dos velas, la sal remolida, unas florecitas en una copa, fungiendo de ramo, todo revelaba mujerío completo, esmero delicado, y Leonor no cabia en sí de contento.

El festin verdadero estaba en las almas, los manjares eran pobrísimos; pero, ¡qué sazon! y cuántas atenciones de los muchachos á Fernando; se acogia cualquiera ocurrencia con placer, se reia y habia sus palmadas, como en estrepitosa francachela.

Lo singular de este cuento es que Fernando, no obstante desmorecerse por las hijas de Eva, y no obstante que Leonor era un verdadero prodigio de hermosura, no le dirigió palabra ni mirada que pudiera tener interpretacion amorosa; era una franca é inocente simpatía, una explosion de afectos puros, alegres, incontenibles; eran las auras de la juventud, abriendo las almas y embalsamando los aires.

Miguel penetraba en el espíritu de Fernando, y se enorgullecia de aquella relacion.