Cuando volvia Fernando á la casa, la hallaba perfectamente aseada; Leonor habia guisado, barrido, curado á la enferma, consolándola de sus penas, siendo el ángel bueno, el aroma y la luz de aquella mansion de dolor y miseria....

Y miéntras tanta diligencia y cuidado tenia Leonor, evitaba ver á Fernando, espiaba sus pasos, se valía de subterfugios para que no le humillasen sus favores, y tenia delicadezas de las que revelan una alma sublime y generosa.

Miéntras estas atenciones se hacian más sensibles, más respetuoso era Fernando con su bienhechora, á quien profesaba apasionada gratitud.

Miguel se recibió de abogado, y á poco de recibido, obtuvo un destino en Mazatlan, dejándome (dejando á Fernando), al cuidado de la casa, aunque, como se ha dicho, era su sostén un tio de la señora mamá de Miguel. Fernando varió de habitacion y de fortuna no sé por qué accidentes.

Una noche, á deshora, pasando frente á la Profesa, atravesaron dos señoras junto á Fernando, con rara precipitacion: una de ellas, anciana, iba sofocándose: siguiólas Fernando, y aquellas voces sonaban anegadas en llanto....

—¡Leonor! gritó mi amigo al reconocer á la jóven: ¿dónde van vdes.?

—Mi tio acaba de morir, contestó Leonor, vamos á su casa, calle de Capuchinas. ¡Dios nos ha traido á vd.!

Siguieron su camino en silencio; la señora iba sollozando.... entraron en una gran casa.... Fernando suplicó al portero que avisase á la señora su madre que no le esperase.

La sala á que penetraron estaba desierta; en el centro habia un lecho, entre cuatro robustos hachones de cera. En el lecho estaba el cadáver, con su hábito de San Francisco, sus manos cruzadas sobre el pecho.... y su silencio horrible sobre las rígidas facciones.