Así es la vejez, y ella, no mi persona, parece pasear por aquellos lugares trasformados. Tomé, entre estancias con jardines, entre calles de árboles gigantescos, el rumbo solitario, en otro tiempo, de una tristísima llanura, al norte de la ciudad.
No existia la llanura; amplio camino limitado por las cercas de los sembrados, me condujo al lugar en que tenia costumbre de sentarme en 1866, y donde confiaba á Dios y al espacio las hondas tribulaciones de mi alma.
El lugar á que me refiero está á dos millas poco ménos de la ciudad.
En aquel sitio, entónces de soledad grandiosa, al frente de horizontes que permitian vislumbrar el infinito, dejaba como flotar mi espíritu en esa voluptuosidad del ensueño, en que parece que nos arrullan cantos de otros mundos, que nos ofrecen sonriendo la inmortalidad.
Me sacó de mi meditacion el galopar lejano de un caballo, cuyo ginete tenia el aspecto de los rancheros de mi país; aquel hombre llamó mi atencion, y la llamó más, porque se dirigia resueltamente á mí. Acercóseme, en efecto, me preguntó mi nombre, se lo contesté; puso en mis manos una carta, leí el sobre, y cuando levanté los ojos, el hombre habia desaparecido. Despues supe que era dependiente de un amigo mexicano que tenia un rancho á tres leguas de San Antonio.
Abrí curioso mi carta, y contenia otra de México; la desdoblé ansioso y cayó un papelito al suelo, papelito que yo recogí.
Eran unos signos, que no letras, de una mano idolatrada, inciertos, borrados con lágrimas; eran los últimos adioses de mi santa madre, que habia muerto levantando su cabeza adorada para oir mis pasos....
No, no es posible que renueve aquí aquel momento de dolor infinito; me siento herido del espectáculo de mi angustia....
Las moradas campestres sonreian á lo léjos blanqueando entre los árboles, feraces sementeras con sus matices de esmeraldas y oro, se tendian en los campos con pompa risueña, los ganados se congregaban con sus mil sonorosos ecos, para descansar en sus establos, y pura y silenciosa en el cielo de Occidente, la estrella vespertina brillaba en el cielo como simbolizando el recuerdo sagrado de la mujer de cuyas entrañas recibí la vida.