—Por lo demás, aquí no se ha observado en todo su rigor el sistema yankee que vd. conoce. Ellos, en sus adquisiciones en otros puntos, han hecho la division de tierras; agentes y jueces dependen del Gobierno general: hácese la division, se proclama una ley de impuestos, gravando las tierras no cultivadas é imponiendo graves penas á los que no cultiven; así se verifican los robos con todo el aparato de la justicia; suele acudirse á la autoridad; la autoridad, como los jueces, deciden en favor del Estado y nace el pingüe tráfico de las tierras plumas: por ejemplo, desplumar con este procedimiento á los hacendados mexicanos, seria cosa de un abrir y cerrar de ojos.

Dióse otro giro á la conversacion, se repitieron los bríndis, y M. Rève, en un momento en que consideró su efecto teatral, se levantó, fué á las piezas interiores y volvió conduciendo un hermosísimo álbum que colocó sobre la mesa.

Tenia el álbum, en las caras exteriores de la pasta, dos miniaturas deliciosas de paisajes.

—Aquí tiene vd., M. Guillermo, este álbum que está muy bonita, y que yo compra, porque vd. trabaque por mí. Yo quiere de la poesía de vd.; pero no por el vieco Rève ni por su casita, y sus niñitas y su moquier, que estás muy particular; yo quiere un versa de fantasie poetique.

—Recuerdos de la patria, decia uno.

—Recuerdos de la juventud, decia otro.

—¡Oh, no! M. Prieto; vd. me pintas un vieca muy enamorado, y botellas y muchachas bonitas, y siempre no estás contenta, porque es vieco, y porque no tiene contra el alma.

—¡Magnífico! Venga la pluma, déjenme poner mi tren de escribir sobre la chimenea, y allí escribo y vdes. siguen charlando, y me dan aviso cuando se trate de beber.

M. Rève, loco de contento, me surtió de lo que necesitaba, y yo, sin más ni más, abriendo el libro, dejé caer sobre sus tersas hojas los siguientes versos, en medio de los ¡hurras! los repetidos bríndis y las frecuentes interrupciones:

DECIMAS.