Entre tanto, á nuestro regreso al hotel se nos dió parte de que quedaban allanadas todas las dificultades, y que dentro de tercero dia partiriamos para Piedras Negras.
Hicimos nuestros aprestos al siguiente dia, y en la noche nos dirigimos á despedirnos de M. Cupples.
La noche estaba oscurísima; aunque en la calle principal habia algunos billares y bar-rooms con luz, al torcer para la casa del doctor se veia negro el horizonte y flameando debilísimo el gas de los faroles, entre el ramaje de los árboles.
Penetramos por el jardin como en excursion misteriosa; tanto así era el silencio que por todas partes reinaba.
Tocamos la puerta; un criado diligente nos abrió y subió con nosotros la escalera.
En la casa se nos esperaba: el saloncito estaba iluminado, la luz que salia de las ventanas resbalaba en los profusos cortinajes de enredaderas del corredor.
Katy y su mamá, despues de saludarnos, sirvieron el café, como de costumbre, diciéndome que el doctor estaba un tanto indispuesto.
La conversacion, con pretensiones de animada, caia en el silencio.... y volvia trabajosa y como por llamaradas á encenderse, para agotarse de nuevo.
Al fin, la señora nos dijo que el doctor acababa de tener uno de sus terribles ataques del pecho que lo ponian á la muerte, y que aun no estaba fuera de peligro.