Katy lloraba, la señora hablaba de la diversion que se nos tenia preparada, y en la que habia puesto tanta diligencia el doctor, quien decia con mucha gracia, "que le habiamos llevado un cargamento de felicidad."
Ofrecimos nuestros servicios; no eran necesarios: Katy me presentó su álbum, y yo no sé qué escribí bajo la dolorosa impresion que me dominaba: puso en mis manos la linda jóven una coleccion magnífica de poetas ingleses, en una lujosísima edicion.
Hondamente conmovidos nos despedimos Gomez del Palacio y yo de nuestros amigos, y cautos, silenciosos, conteniendo el aliento, comenzamos á bajar la escalera; ántes de tocar su término oimos un ruido, alzamos los ojos, y como un fantasma envuelto en su blanca sábana, sobre la que resbalaba la luz como en el mármol, apareció en lo alto de la escalera el doctor, que pálido, desencajado, saltó del lecho á darnos la mano de amigos de su corazon.
Las señoras le contuvieron, nosotros nos precipitamos para desaparecer; pero el doctor hizo un empuje y cayó cerca del término de la escalera, sacando por entre el barandal su brazo descarnado, pero como de alabastro, y diciéndonos:
—Amigos, adios.... mi D. Guillermo, adios.... mucho feliz México.
La noche, la luz única, el cadáver viviente que me despedia, el lugar aquel tan poblado de recuerdos, la conmocion del gran corazon de Francisco, me hicieron una impresion terrible.
Llegamos al hotel: Francisco se encerró á muerte en su cuarto sin hablar palabra; á mí me ahogaba la congoja.
Saqué una mecedora al corredor, y allí permanecí como enajenado, como hundido en estupor profundo mucho tiempo.
—Oiga vd., M. Praits, me dijo un desconocido que estaba, como yo, en el corredor tomando fresco.
—¿Qué mandaba vd., caballero?