Por fortuna del lector, y tambien mia, han tocado á mi puerta: digo por fortuna, porque terminan las soporíferas observaciones que me preocupaban y que continuaré cuando tema ménos que ahora aburrir á mis lectores.

Me proponia visitar la Aduana y estudiarla con el detenimiento posible.

Las cuestiones económicas en este, como en todos los pueblos, son tan importantes, que bien merecian dedicarles algunos ratos de disertaciones que son de otro lugar; y no tenga esto como una amenaza el lector, sino como motivo de expediciones á que me llevaba el deseo de hacer algo útil. Por otra parte, mi manía han sido esta especie de trabajos, y nadie tiene el corazon tan duro que no disimule las flaquezas de su prójimo de vez en cuando.

Me conducia en mi excursion el Sr. Macías, redactor del Comercio, persona en quien compiten el talento con la esmerada educacion.

La Aduana está situada en la parte baja de la ciudad, al Este, es decir, allí donde á sus anchas retozó el desórden cuando los primeros pobladores de esta isla se instalaron en ella, echando, como quien dice, por el atajo.

Hace poco, la parte que ahora recorriamos era la corte de los milagros de la ciudad.

Por aquellas vecindades está la calle, de la que hacia, en 1869, la siguiente pintura la Guía de Nueva-York:

"Los cristales de las ventanas que no están rotos, se han vuelto opacos con la porquería que los cubre, reemplazando con frecuencia el vidrio que desapareció, algun sombrero viejo ó algun hediondo trapo, que impide á un tiempo la entrada del aire y de la luz. De vez en cuando alguna mujer desaseada y á medio vestir, asoma la cabeza por una de aquellas ventanas, para mirar vagamente y con aire perezoso, la desapacible perspectiva que desde allí se ofrece, ó para reprender agriamente, con abundancia de juramentos, á algun chiquillo de los de la calle que ha quebrantado los preceptos paternales.

"Cruzan del uno al otro lado de la callejuela, un sinnúmero de cuerdas cubiertas de harapos, que se supone haber sido lavados y que cuelgan allí para secarse y para mantener en estado contínuo de humedad el piso de la calle, saturando con sus líquidos desprendimientos, tan desagradables al olfato como perjudiciales á los sombreros y á los trages, á los muchachos que juegan debajo, ó á algun desgraciado transeunte que se ve en la precision de arrostrar aquella lluvia grasienta y hedionda. En la parte ancha de la calle hay siempre una muchedumbre que pudiera proporcionar materia al génio especial de un Hogart ó de un Dickens.