"Vense allí carretones que sirven de pescadería ambulante, desde donde se venden peces cuyo olor indica la larga fecha que hace han abandonado su elemento, y otros vendedores que llevan sus mercaderías en otros carretones semejantes, con verduras que de todo tienen ménos de verde; que ó son lo que debieran ser las legumbres, ó están tan sazonadas, que han llegado al estado de fermentacion. Operarios sin trabajo, ladrones sin ocupacion, individuos ébrios de ambos sexos que se dirigen dando traspiés á sus habitaciones, ó más bien cuevas respectivas, abrazando cariñosamente frascos ó botellas de veneno, con el título de whiskey; criaturas prematuramente desarrolladas y arrugadas que ofrecen el doloroso aspecto de séres enanos y raquíticos: tales son los humanos elementos de aquel repulsivo vecindario."
Como he dicho, estas son las vecindades del rumbo que atravesamos; vecindades muy mejoradas, y en las que seria hoy pálido y sin verdad el cuadro que acabamos de copiar.
Trátase del laberinto de los bancos, de los tesoros de la gran ciudad y de las oficinas más importantes: la Tesorería y la Aduana.
En calles desiguales que se abren y se cierran por sus esquinas, entre alturas y depresiones de terreno, se va á ese asombroso manantial de dinero que se llama la Aduana de Nueva-York.
Es un edificio de granito de aspecto sombrío en su entrada, como si hubiera comprendido el arquitecto que se trataba de la inquisicion del comercio.
Las robustas columnas que forman el pórtico son estrechas, y en el mismo pórtico, entre las columnas del centro, está incrustada en fracciones la escalera que conduce al primer cuerpo del edificio, porque su bassement ó piso subterráneo es altísimo.
El salon del despacho es de forma circular, de mucha elevacion, y tiene de trecho en trecho columnas que dan á amplísimos salones.
En el piso del despacho, en círculo corrido, hay grandes bufetes de caoba con sus frentes cerrados y sus puertecillas en forma de arco, por donde solo puede asomar una persona á hablar con el empleado. Me parece inútil decir que el gentío era inmenso: estaban agolpados los hombres frente á las mesas, con sus sombreros puestos y sus papeles en las manos, en número como de mil personas, y eran las doce de la mañana, hora que menciono por ser de un calor insoportable, y por lo mismo, menor que á otras horas la concurrencia.
Sin trabajo alguno preguntamos por el jefe, para quien llevábamos recomendacion, y nos dirigieron al segundo piso del edificio, despues de atravesar un patio estrecho con fajas de tránsitos, que no me atrevo á llamar corredores.