—Pero, hombre, me decia Francisco, ¿te has vuelto loco? mírate revolviendo tu maleta mártir, mírate sacando de su inercia eterna al escarmenador y al cepillo. ¿Qué te sucede?

—Acicálate tú tambien, vamos á abrazar á la niña: estamos de galanes y de novios.

Y de facto, nos poniamos de veinticinco alfileres, y garbeábamos como unos pollos en aquel reducido espacio que nos dejaban los catres y los yankees medio despatarrados y desnudos.

—El criado me ha dicho, decia yo, dirigiéndome á Francisco y á riesgo de que se diese una cortada, que Naranjo mandó traer unas buenas sandías para que refresquemos al llegar: ahí está con él ese heróico General Falcon, honra de nuestra patria, tan fino y caballeroso como siempre.

—¿Y el coronel Nuncio, está? me dijo Pancho, desviando la navaja de su cara.

—Ahí lo tienes, tan seco, tan pelon y tan aparentemente brusco; pero es finísimo: todo lo que tiene de temerario en la guerra, tiene de dulce y de caballeroso en el trato familiar. Y ¿sabes? el viejo Resendis, tan querido de Juarez, ahí está tambien. Anda, yo te anudaré la corbata.

—Déjame en paz.

—Oigo el carruaje. Aquí! aquí! yo soy, Sr. Zartuche, ese Fidel muy campechano y muy de su tierra: venga vd. por aquí.

Es el Sr. Zartuche un anciano florido y de cara abierta y bondadosa; sus patillas, como dos motas de algodon; sus canas, cayendo en hilos de plata sobre su frente tostada por el sol. Zartuche es la misma probidad y el carácter más noble que se puede imaginar.

Yo dejé mi equipo á la buena de Dios, y escalé el carruajito como mejor pude. Francisco saludó y guardó las atenciones que es debido.