Al frente, y sin simétrica proporcion, se asienta el Correo, que ya hemos descrito, como una inmensa Catedral.
A la izquierda, quebrándose é interrumpiéndose en la desproporcion más accidentada, como las hojas sueltas de biombos de distintos tamaños, queriendo formar semicírculo, se ven los alcázares que tiene el arte de Guttemberg y forman la plaza de la prensa, presidida por la estatua de Franklin.
El Sol, El Mundo, El Tiempo, todos los atletas están allí de pié y como sobre las armas, sobresaliendo La Tribuna, edificio que compite en altura con los demás, y cuya torre descuella, como llevando al espacio la noticia del tiempo, su reloj magnífico.
Si una plaza sola de nuestra ciudad, la pudiéramos rodear de nuestros templos más elevados como Catedral, la Profesa, San Francisco, Santo Domingo, Minería, tendriamos acaso idea de las alturas de los edificios de City Hall en su conjunto.
La plaza de Franklin está cruzada por una parrilla de rieles, que conduce como rios los wagones á Broadway, retrocediendo para perderse en distintas direcciones.
Antes de regresar de mi paseo, me detuve ante la estatua de Franklin, para tributarle mis homenajes de respeto.
Es hermosa y despierta ideas sublimes una montaña cubierta de nieves eternas; es augusta la contemplacion de un templo; pero es para mí como el más grandioso espectáculo la presencia de un hombre recto que ha consagrado su existencia al bien. Franklin es de esos astros que convierten en sublime el horizonte de la grandeza humana.
Nació el legislador del rayo en 1706, cerca de Boston, de padres tan humildes, que el comercio de velas y jabon á que estaban dedicados, apénas les daba para subsistir.
En sus primeros años se hizo Franklin impresor, alternando con su trabajo los estudios en que conquistó tan alto puesto en la inmortalidad.