En Paris, me contaba J. J. Baz, habia un caballero por el estilo, llamado Mayard, de extraordinaria celebridad.
Este hombre pretendia sincerarse á menudo de la nota de charlatan con que se le pretendia agobiar.
—Todos me dicen charlatan, clamaba, y nadie se fija en la mágia del lápiz de Mayard.
Y diciendo y haciendo, sacaba de su bolsillo un lápiz como una tranca; con una navaja como un alfanje le tiraba un par de tajos, y caten vdes. el lápiz cortado como en una máquina.
—Este lápiz no es comun, repetia: ¿vdes. han visto cosa semejante?
Y clavaba el lápiz en un tablon, como un puñal; despues, como distraido, hacia unos garabatos: era un engendro raro, unas rayas inconexas, un caos de líneas que todos veian casi con disgusto; trazaba un rasgo sobre ellas, y aparecia un pájaro tan perfecto, que se creia iba á saltar, cantando, del tablon; otras veces, entre esas líneas, dejaba caer como al acaso dos puntos y una raya, y saltaba haciendo muecas la caricatura de uno de los circunstantes, en medio de la risa universal.
Mayard y Barrum se encontraron y fueron amigos.
Le decia Mayard:
—¿Vd. ha repasado sus Memorias? ¿Ve vd. todos los modos de engañar que ha descubierto? pues ya le enseñaré á vd. uno nuevo.