—Claramente no, pero hablando conmigo esta noche, me significó sus deseos de ver a V. lo más antes posible; ahí porque le rogué a V. que me acompañase en mi paseo.

Doña Dolores pronunció estas palabras con un dejo tan ingenuo, que el conde quedó aturrullado y la miró por un instante como si no la hubiese comprendido.

La joven no reparó en la admiración de su acompañante, pues con la mano colocada a guisa de pantalla sobre los ojos, interrogaba la llanura.

—Mire V., dijo doña Dolores al cabo de un instante e indicando con el dedo cierta dirección, ¿ve V. aquellos dos hombres sentados mano a mano a la sombra de aquel grupo de árboles? pues uno de ellos es don Oliverio; apresuremos el paso.

—Enhorabuena, profirió Luis espoleando a su caballo.

Los dos se lanzaron al galope, en dirección de los dos individuos; los cuales habiendo reparado a su vez en los que hacia ellos se encaminaban, se habían levantado para recibirles.


[XI]

EN LA LLANURA

Oliverio y Domingo, después de haber salido del rancho, caminaron durante un buen rato y mano a mano, sin cruzar palabra; el aventurero parecía entregado a la meditación, y el vaquero, por su parte y a pesar de su aparente indolencia no dejaba de estar preocupado.