—Que ya no se acordaba V. de él ¿no es así?

—Al contrario, prima, mi más vehemente deseo sería verle de nuevo.

—¿Y cómo apellida V. a ese personaje?

—Me dijo que se llamaba Oliverio; sin embargo, no me atrevería a jurar que tal fuese su nombre.

—¿Sería indiscreta si le preguntase a V. el porqué de tan poco favorable suposición? dijo la joven sonriendo con disimulo.

—De ningún modo, prima; pero don Oliverio me pareció un personaje algo misterioso; su modo de obrar se aparta de todo en todo de lo usual. Me parece, pues, que nada habría de extraordinario en que según las circunstancias...

—Se toma un nombre a capricho, interrumpió la joven; tal vez tenga V. razón, tal vez no; respecto del particular nada sé; lo único que puedo decirle a V. es que efectivamente es él quien le está aguardando.

—Es singular, murmuró el joven.

—¿Por qué? es indudable que tiene que comunicar a V. algo de importancia; a lo menos así me ha parecido comprenderlo.

—¿Se lo dijo a V.?