—¿Ve V.? ya duda.
—¡Si V. habla con tal seguridad!
—Porque realmente sé lo que le digo; la persona que le está aguardando a V., no solamente lo conoce, sino que es amigo de V.
—¡Bravo! la madeja se va enmarañando; prosiga V., se lo ruego.
—Poco debo añadir; por otra parte, dentro de pocos minutos vamos a llegar al término de nuestro viaje y no quiero dejarle más tiempo en la duda.
—Está V. muy amable, prima: aguardo pues humildemente que se digne V. explicarse.
—Precisa así, ya que su corazón de V. es tan desmemoriado. ¡Cómo, caballero! ¿es V. extranjero, se encuentra hace contados días en una tierra desconocida; desde que puso V. los pies en ella no ha encontrado V. sino un hombre que le haya patentizado alguna simpatía y ya le ha olvidado V. por tal modo? Permítame V. que le diga, querido primo, que esto no habla muy en pro de su constancia.
—Anonádeme V., prima, merezco sus reproches; le sobra a V. la razón; efectivamente, hay en Méjico un hombre por el cual siento sincera amistad.
—¡Ah! ¿ve V. como no me engañaba?
—Verdaderamente; pero estaba yo tan lejos de sospechar que ese hombre fuese el de que V. me estaba hablando, que le confieso...