—Tengo que hacerle a V. una confidencia, primo, profirió doña Dolores mirando con el rabillo del ojo a su pariente.

—¿Una confidencia?

—Sí; es V. de tan buena pasta, que me avergüenza el haberle engañado.

—¿V. me engañó, prima?

—De un modo indigno, respondió la joven riendo: va V. a juzgar. Le conduzco a un sitio donde nos están aguardando.

—A V., querrá decir.

—No, porque a quien tienen empeño en ver es a V.

—Le confieso a V., prima, que no comprendo pizca; a nadie conozco en esta tierra.

—¿Está V. bien seguro de ello, primo? preguntó la joven con gesto burlón.

—¡Canario! a lo menos así lo creo.