—Ha hecho bien, y no podía elegir con más acierto.
Mientras cruzaba estas palabras con su futuro suegro, el conde había saludado a doña Dolores y montado a caballo.
—¡Feliz viaje! continuó don Andrés, y sobre todo cuidado con los malos encuentros, pues según he oído decir, las cuadrillas de Juárez empiezan a vagar por las cercanías.
—Tranquilícese V., padre, profirió doña Dolores; y volviéndose hacia el conde y sonriendo de un modo encantador, añadió: en compañía de mi primo nada temo.
—Entonces vayan Vds. con Dios y vuelvan pronto.
—Estaremos de regreso antes de la oración, padre.
Don Andrés dirigió una postrera señal de despedida a los jóvenes, los cuales abandonaron la hacienda.
El conde y doña Dolores galopaban mano a mano, y Raimbaut, como servidor diestro, cabalgaba tras ellos a algunos pasos de distancia.
—Soy yo quien le conduzco a V., primo, dijo la joven en cuanto se hubieron internado en los bosques de liquidámbares que poblaban el llano.
—No me sería posible hallar un guía mejor, contestó Luis con galantería.