—No le apure a V. esto, primo; yo soy hija del país y conozco al dedillo esta comarca en un radio de cincuenta leguas.

—Mejor que mejor, prima; sólo me queda decirle que le agradezco en el alma la honra que se digna V. concederme y que me pongo incondicionalmente a sus órdenes.

—Yo soy quien debo darle las gracias, primo, por su exquisita galantería, dijo doña Dolores: los caballos están prestos; vaya V. a calzarse las espuelas, traiga consigo el ayuda de cámara que debe acompañarle y sobre todo no se olviden de lo que más importa, esto es, de armarse bien, porque uno no sabe lo que puede sobrevenir; dentro de diez minutos me hallará dispuesta.

El conde se levantó, saludó a la joven que le contestó con una graciosa sonrisa, y se salió.

—Vive Dios, que es delicioso el caso y divertida la comisión que me confiere, dijo entre sí él del Saulay mientras se encaminaba a sus habitaciones; me produzco el efecto de acompañar pura y simplemente a mi prima a una cita de amor. Pero hasta hoy no he visto claro que nada podía negarla. Por mi vida que es un hechicero diablillo y que si no ando con pies de plomo es fácil que concluya por enamorarme de ella ... si no lo estoy ya, añadió, ahogando un suspiro.

Luis, una vez en su aposento, dio orden a Raimbaut para que se dispusiese a salir con él, lo que el digno servidor hizo con la puntualidad y el silencio que le distinguían, y después de haber enhebillado a sus talones las pesadas espuelas de plata, echado sobre los hombros un sarape, escogido un fusil de repetición y puesto al cinto un par de revólveres de a seis tiros, se encaminó al patio, seguido de su ayuda de cámara, que se había provisto de un verdadero arsenal.

De esta suerte armados, amo y criado se encontraban, sin exageración de ninguna especie, en disposición de hacer cara a catorce o quince hombres.

Doña Dolores, ya subida sobre su caballo, estaba aguardando la llegada del conde, mientras don Andrés, que departía con ella, se frotaba alegremente las manos, íntimamente satisfecho de la buena inteligencia que reinaba entre los dos jóvenes.

—¿Conque van Vds. a dar un paseo? dijo el hacendero al conde; ¡ea! me alegraré que se diviertan muchísimo.

—La señorita se ha dignado invitarme a que la acompañase, contestó Luis.