—Ordene V., prima, y verá como la obedezco con más diligencia que el más abnegado de sus esclavos.

La joven quedó imaginativa por unos instantes, luego colocó de nuevo en la percha de palisandro a la cotorrita con la que hasta entonces había estado jugando, saltó de la hamaca, fue a sentarse en una butaca no distante de la del conde, y dijo:

—Primo, tengo que pedirle a V. un favor.

—¿A mí? ¿conque puedo serla útil?

—No por eso es muy importante el favor que de V. pretendo.

—Peor.

—Pero creo va a serle grandemente molesto.

—¿Qué me importa la molestia con tal quede usted complacida?

—Gracias, primo; ahora escuche V.: hoy, dentro de algunos minutos, necesito recorrer a caballo un trayecto muy largo; y por razones que V. apreciará pronto, no puedo ni quiero que me acompañe capataz ni criado alguno de la hacienda. Sin embargo, como en la actualidad los caminos no ofrecen seguridad completa y no me atrevo a recorrerlos sola, es menester que para mi protección y defensa, si se presenta el caso, vaya conmigo un hombre cuya presencia quite ocasión a toda sospecha malévola. Ahora bien, ¿consiente V. en acompañarme?

—De mil amores, prima; no tengo sino observarle que siendo como soy extraño en esta tierra y por lo tanto no conociendo los caminos, temo extraviarme.