—No se quede V. ahí, primo, profirió la joven. ¡Ea! venga V. a sentarse aquí, a mi lado, en esta butaca.
El joven obedeció
—Prima, dijo el joven, después de haber tomado asiento, tengo el honor de acudir a la cita que V. se ha dignado darme.
—¡Ah! es verdad, contestó doña Dolores; le doy a V. las gracias por su atención y por su puntualidad.
—Ya comprenderá V., prima, repuso Luis, que no me era permitido demostrar una solicitud excesiva en obedecerla; ¡me cabe tan rara vez la dicha de ver a V.!
—¿Me dirige V. un cargo?
—De ningún modo, señorita; no me asiste derecho alguno para dirigirle eso a que V. le place apellidar cargo; es V. dueña de obrar como quiera, y sobre todo de disponer de mí a su antojo.
—¡Oh! ¡oh! mi querido primo, en cuanto a esto último no lo juraría: si me diese por sujetar a prueba su devoción, creo que me quedaría hecha una mona, esto es, que se negaría V. rotundamente.
—Ya pareció aquello, dijo entre sí Luis; el cual añadió en voz alta: mi único deseo es halagarla a V. en todo, prima, palabra de caballero; sea lo que fuere lo que de mí exija, estoy pronto a obedecerla.
—Pues mire V., don Luis, me dan tentaciones de cogerle la palabra, repuso la joven inclinándose hacia su interlocutor y sonriendo deliciosamente.